Amélie II // Cuento

Máximo terminó de escribir, tomó su ropa, miró directo hacia Amélie, se acercó y le susurró una última cosa a su oído: Amélie. Pasadas varias horas, Amélie despertó. Buscó a Máximo por toda la habitación y no lo encontró. Ella notó que sobre la mesa había una hoja con varias cosas escritas, y lo leyó: 

“He pintado de blanco las paredes de mi cuarto. Tomé varios cuadros, los enmarqué y los coloqué en la pared. Cada uno de ellos tiene en sí, épicos momentos en los cuales ambos hemos sido los protagonistas, y para agregar, he compuesto distintas canciones adecuadas a ellas. He escrito más de lo que alguna vez había podido hacerlo antes, pero no logro sentirme como alguna vez lo hice en aquellos instantes de un imponente y perenne amor. He fallado al intentar demostrar con palabras un poema encarnado en una brillante y preciosa piel como la tuya. He fallado al intentar enmarcar en un papel el sublime sentir de un momento ya pasado.

He fallado al jamás demostrarte cuánto te amé en esos tiempos que ambos compartimos, los lugares hacia donde impartimos, y el cielo estrellado bajo el que juntos posamos en aquellas noches donde nuestros cuerpos se entrelazaron. Y aunque fallé en demostrarte cuánto lo hice, sé que volé y participé en distintos actos donde mi piel se erizaba, hasta que aterrizaba y me sentía magnánimo de sentirte justo al lado de mí. Cada noche alcanzaba las costas de alguna esperanza que suplicaba y veneraba cuando intentaba conciliar mi más profundo y sagrado acto de dormir. Donde anduve, el tiempo no existía, pero pasé una vida o quizás más, buscando razones, las cuáles sé que jamás encontraré porque el mundo así fue creado: sin explicaciones. Lograba mirarte, y terminaba venerándote como cuál diosa que eres. Las estrellas me acompañaban el tiempo que pasé en busca de respuestas sobre la magnitud de tu ser; ellas me hablaban, me susurraban y me aconsejaban, y se asombraban al notar un gran río de sentimientos que lo nuestro a su paso dejaba.

He amado, pero jamás amé a alguien como te amé a ti. Aun así, a pesar de haber fallado por nunca haberlo dicho, jamás quise dejarlo en dos sencillas, vacías e inútiles palabras repetidas en cualquier parte del mundo. Dos palabras jamás podrán demostrar, ni decir lo mucho que mi alma y mi corazón gritaba, anhelaba y adoraba, admiraba y apreciaba, quería y deseaba… Dos palabras no son suficientes para decirte lo perfecta que fuiste, que has sido y que eres; lo sublime y preciosa, lo grandiosa, extenuante, e incluso excitante. Dos palabras no son suficientes para demostrar por cuántos años luz y de tiempo te amé, ni mucho menos para expresar las vidas, sucesos y momentos que juntos vivimos cuándo imaginaba diversos universos paralelos.

Si los sentimientos pudiesen ser nombrados, tu más preciado nombre sería el único e incluso el más destacado. Si consigo la posibilidad de amar a alguien, saltará a mi mente un recuerdo tuyo, pues mi definición de amor se ha de llamar como tú: Amélie. Dudo mucho que alguien comprenda mi definición de amor porque jamás sintió como yo, ni mucho menos te conoció tanto como yo. Amélie, Amélie.”




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