Cartas a Gersa // Epistolario

I

            Abril, 1994

Hola querida, no sé si recuerdas como comenzó todo, déjame recordártelo: Fue en aquél solsticio de invierno cuando noté tu existir en ese vasto espacio del universo. Había caminado con los ojos vendados un par de años. Algunas veces solías mostrarme afecto que yo osaba rechazar. No me sentía a gusto aceptar algo que para mí, era extraño. Nos encontrábamos en cada pasillo sin nuestro consentimiento, nos topábamos en cada lugar al que íbamos y yo me hacía la idea de que aquello no era más que algo común que solía suceder, simples causas de algún efecto. 

Al paso de un tiempo noté que me hacías falta. Creo que de alguna forma tus abrazos y ese cariño sin mesura que solías entregarme aquellas tardes marcaron una pequeña parte de mi y te hice un pequeño espacio dentro de mi. Debo admitir que fuiste muy valiente al aceptar mi desprecio con tanto aprecio. Pronto comencé a hacerme la idea de que debía conocerte, supongo que así podría saber de ti; tu ausencia no se volvía grata, comenzabas a preocuparme. Luego te vi caminando con una franela blanca, un suéter gris holgado, un pantalón azul y tu respectivo bolso negro. De alguna forma quería que me notaras, me sentí un niño pequeño deseando mimos. Así fue, me viste y me trataste como siempre lo habías hecho, me sentí lleno, pleno entre tus brazos. 

Me diste tu número, pero me negaba a escribirte. Sabía que quería saber de ti, pero aún así decidía que no lo haría. Me tomé por tonto y a fin de cuentas, lo hice. Aquél "hola" se convirtió en largas charlas de todo y de nada, de incoherencias y de anécdotas que alguna vez vivimos, sucesos banales e importantes. 

Días siguientes solía desayunar junto a ti, cada mañana solías hablar desesperadamente como si al minuto siguiente luego del anterior se fuese a acabar el mundo; no podía aceptar tanto, iba en contra de mi calma, mi silencio, mi método de llevar el día. Terminaba por escucharte lo que decías y algunas veces tan sólo me recostaba de la ventana del autobús, cerraba los ojos y dormía plácidamente. Noté que no dormías en el pequeño trayecto y me preguntaba de dónde solías sacar tanta energía, yo vivía cansado con las diligencias del día y del anterior. Al paso del tiempo comencé a disfrutar tus largas charlas y tus tonterías que solías vociferar cada mañana. Noté tu trato hacia otros, algunas veces era tal cual como lo hacías conmigo, dejé de sentirme especial y comencé a actuar con apatía. Que idiotez -Me dije-.

Algunos de nuestros amigos más cercanos se comenzaron a preguntar porqué tanto apego y desapego. Cada uno de ellos fue con nosotros y nos preguntaron que sucedía, yo sólo quería saber que pasaba por tu mente porque en la mía todo era caótico, sólo derrochaba apatía y desprecio hacia tu presencia aunque algunas veces disfrutara de ti.

Gustabas de mi pero yo no tanto de ti, sólo sentía cierto apego, no sabía porqué ni para qué, sólo estaba ahí. Con el pasar del tiempo te fuiste acercando más a mi, noté que tu trato solía ser más especial, tanto así que preparaste unas cuantas pizzas y algunos ponqués de chocolates para mi cumpleaños; todo esto en complot con mi amigo más cercano. No sé quién fue peor, si tu por haberlo hecho, si él por haberte apoyado o yo por haber asistido aquél día. Solía odiar las sorpresas, realmente nunca sé que decir, como actuar, como tomarlo o como agradecerlo. Me di el tupé de disfrutarlo todo, de tenerte entre mis brazos, de besar tu mejilla y agradecerte con susurros al oído mientras tus cachetes se tornaban rojizos.

Después de todo, terminaste convirtiéndote en esa pequeña flama de alguna vela, logrando difuminar la oscuridad en la que siempre me encontraba sumido.

II

            Diciembre, 1996

Hola preciosa, soy yo de nuevo. Escribo para ti porque tuviste la osadía de esta noche invadir mi mente con tu hermosa silueta y armoniosa piel blanca lunar. Invadiste con rebeldía mis oscuros pensamientos con recuerdos de aquellas tardes que solíamos pasar en tu casa mientras bebíamos vino y solíamos jugar algunos juegos.

Mientras el vino se volvía depresor de nuestro sistema nervioso, nos dejábamos llevar y reíamos como niños, nos disfrutábamos el uno al otro con la simple compañía y el cruce de palabras que salían por nuestras bocas. Me encantaba verte sonreír y notar como cada parte de ti se estremecía por la exaltación del momento. Tu hermosa cabellera rizada y rubia hacía un contraste hermoso con tu piel y tus ojos color miel. Llevabas una blusa azul cielo. Te veías tan hermosa aquél día. Aún lo recuerdo como si fuese ayer, no sabes cuanto te extraño.

III

            Junio, 1998

Espero no sea muy tarde, pero hoy caminé por aquella plaza de hermoso jardín. No pude contenerme de recordarte y te vi, nos vi. 

Recordé aquél día cuando fuimos al cine y vimos una película de terror. Asistimos al lugar con una botella de ginebra. Disfrutábamos de la película al mismo tiempo que comíamos y tomábamos pequeños tragos. Recuerdo haberte asustado, eres muy miedosa cuando de películas de terror se trata; algunas veces eras tan niña, eso verdaderamente me encantaba. Me hacías mimos, jugueteábamos. Terminó la película y por tontería derramaste licor en mi pantalón. Salimos del lugar lo más rápido posible para que nadie lo notara, y caminamos por algunas calles mientras éramos acompañados por la luz de la luna hasta llegar a aquella plaza con hermosos espacios vegetales, algunos niños jugaban, otros pasaban, y quién sabe cuántos más se sentaban y hablaban, luego tu te encontrabas recostada en mis piernas mientras yo te veía y apaciguaba tu alocado cabello con suaves cariños. La noche cada vez caía más, las personas se iban, sólo se escuchaba el sonido del viento pasar. Fue justo en ese momento cuando nos besamos por primera vez, fue un largo beso seco y desinteresado hasta que poco a poco comenzaba a subir la tensión y se volcó apasionado. Creo luego de ello, cada uno de nosotros volvió a su casa.

IV

            Agosto, 2000

Grandiosa y bendita amada, hoy te he tenido presente la mayor parte del día. He viajado y me has hecho falta. 

He ido a un bar y han tocado la canción que aquella vez bailamos mientras estábamos bañados en sudor por todas esas canciones que anteriormente ya habíamos bailado. Mientras tomaba sorbos del vaso de whisky que había pedido, recordaba nuestros cuerpos moverse de un lado a otro como si fuésemos nosotros los únicos en aquél lugar. La canción, tu, yo. Sólo nosotros bailando.

Tan pronto como salimos de ahí, fuimos directamente a la casa de un amigo que quedaba en la otra ciudad. Estar en su casa era como sentirse en la nuestra. Así que sólo nos bañamos, preparamos algo de cenar y luego ya era la hora de dormir. Este cuarto sólo tenía una cama individual pero era perfecto para nosotros, eso no afectaría, sólo deseábamos estar tan juntos. En la esquina de la pared del cuarto, había una ventanilla por la cuál podía pasar el claro de la luna y lograba iluminar nuestra habitación, esto lo hacía aún más romántico. Entre besos y abrazos el calor de la habitación comenzó a aumentar. Nos fuimos despojando de nuestra ropa poco a poco, y yo claramente recorría tu cuerpo con caricias y tu respondías de la misma forma. El tiempo parecía estar detenido, las minutos se sentían como horas y la luna lograba iluminarnos mientras nosotros calmábamos nuestros deseos carnales. Fui testigo de tus adentros y mientras naufragaba tus costas, en el pasivo regaloneo de mis manos en tu resbalosa piel sudada por la intensidad y la precipitación del momento, movimientos, tu voz mencionaba mi nombre con dulces tonos soprano. Cada segundo que pasaba un gran mar de miel se desbordaba y embatía las costas de tu sexo al mismo tiempo que tus piernas no paraban de temblar, tu mirada no se apartaba de la mía mientras seguías mencionando mi nombre. Debo admitir que me encantó hacerte el amor. 

Al día siguiente partimos de viaje a la costa más cercana y reservamos una habitación en un hotel. Preparamos de comer y nos fuimos al mar, a tomar un poco de sol y disfrutar del tiempo que nos dedicábamos. Jugábamos con nosotros dentro del agua, esto se sentía como un cuento de hadas, nada parecía preocuparnos, nada importaba más que nosotros, sentirnos vivos mientras veíamos al otro sonreír. Disfrutamos del atardecer mientras observábamos el horizonte, nos tomamos unas cuantas fotos para recordar y partimos de vuelta al hotel. Hicimos de cenar, comimos y dormimos deliciosamente arropados por la piel del otro. Al día siguiente nos levantamos temprano, queríamos caminar un poco por los alrededores pero antes debíamos ir a sumergirnos un poco en agua salada. Al regresar a la habitación tomamos un baño juntos, y mientras el agua caía por nuestros cuerpos rojos por el sol, hacíamos nuevamente el amor. Salimos del baño y terminamos en la cama entre risas, hablando y compartiendo la plenitud del momento. Nos echamos crema hidratante y luego salimos a caminar. Compramos algunos paquetes de galletas, algo más para comer y regresamos. Cenamos, y mientras veíamos la televisión y comíamos, terminamos por quedarnos dormidos.


V

            Noviembre, 2005

Hoy abrí las puertas de mi armario y noté que aún había algo de tu ropa luego de haberte marchado. No podía comprender porqué, creí que te lo habías llevado todo contigo, incluso la oscuridad que mi alma contenía. 

De alguna forma me gustaba vivir contigo, tenía ropa en tu casa tanto como tu en la mía. Solía compartir contigo el café de la mañana, la comida del mediodía y la cena de la noche. Me gustaba prepararte algo y llevártelo a la cama mientras solíamos disfrutar de alguna película. Compartir esas tortas, helados, chocolates, dulces y fruslerías por las que nos peleábamos. Después de todo, dejaste huellas en cada lugar, tanto así que no parecía sólo mí casa sino nuestra.

Detrás de todo, sabía que pronto te marcharías, de alguna manera me afectaba y era algo que no podía aceptar, no estaba dispuesto, el dolor me carcomía por las noches y mi llanto interno no parecía cesar. 

Antes de que todo se haya vuelto oscuro, decidí dar el primer paso. Me llené de valor y voluntad, tomé la decisión de irme antes de que tu lo hicieras. Todo terminó en una tarde de agosto mientras caminábamos por los lados de algún lago. Sé que no te fue fácil aceptarlo pero lo hiciste, tampoco para mi fue así...

*

Habiendo pasado 2 semanas, no podía soportar tu ausencia, te quería tener, de alguna forma me había vuelto tan dependiente de ti que era incapaz pasar el día sin tu recuerdo vagando por mi mente. Volvimos a reencontrarnos en una pequeña reunión en casa de unos amigos, mi corazón flaqueaba y sollozaba cada que te veía, no me sentía nada bien, tampoco nada mal, pero aún así decidí tomarte de la mano y llevarte a algún cuarto; expliqué que: te echaba de menos, me dolería verte partir, sé que pronto estarías en otro plano fuera de la realidad, y sumirme en una tristeza no era algo que yo quería. Me abrazaste y consolaste, estuviste conmigo unos minutos y luego salimos a bailar, cocinamos, compartimos y terminamos jugando un par de partidas de algún juego de mesa del que ya no recuerdo su nombre mientras bebíamos un par de botellas de algún licor. Al final de la noche, compartíamos el cuarto con algunos amigos, pero a mitad de la noche decidimos escaparnos al baño y hacernos todo aquello que alguna vez tuvimos la dicha, reviviendo recuerdos del pasado que se habían vuelto efímeros con el pasar del tiempo. 

**

Retomamos lo que teníamos sin algún tipo de definición, solíamos frecuentarnos, vernos, calmar deseos carnales. Algunas veces solías quedarte en mi casa y algunas veces yo en la tuya. Solíamos tomar cortos baños juntos que se terminaban convirtiendo en largos. Y como olvidar aquél día que casi nos pillan y supongo que así fue, pero creo que la persona decidió hacer caso omiso al suceso. 

Aún no olvido todas nuestras tonterías y las maneras de calmar lo afrodisíaco de cada locura que se nos ocurría. 

***

(Sabia que pronto te irías pero era tan feliz a tu lado que todo lo anterior que hacía flaquear mis piernas cada día, me fortalecía) No podría decir que te amaba pero tampoco podría decir que jamás llegué a hacerlo. No sabes cuanto te admiraba, solías resollar algunas noches y me di cuenta que luego de un par de cariños, estas lograban cesar, como si te diera paz, tranquilidad, como si supieras que yo estaba allí protegiéndote, o como si estuvieras peleando en tus sueños por mi y tan sólo mi amor era el único que podía calmarte.

VI

            Febrero, 2008

Hoy me senté en el patio delantero de mi casa y vi el cielo con nubes grises. Parecía iba a llover gatos y perros muy pronto. Un día como hoy te marchaste sin previo aviso, pude haber estado allí, pero no lo suficiente porque no podía resistirlo. Lamento haber sido tan cobarde. Estés donde estés espero que en alguna oportunidad puedas leer esto y que sepas que te quise sin mesura aunque en muchas oportunidades no lo demostré. Lamento haber sido tan tosco y negarme a demostrarte lo puro de un amor sincero. Aún no olvido tu blanca piel y tu rubio cabello alocado. Tu voz chillona, tu suave y sedosa piel. Tus hermosos labios color rosa y como se lograban tornar tus cachetes que terminaban por parecerse a un tomate. Hoy escribo para ti aunque eterna ya eres. Algunas veces intento mirar al cielo y ver si hay alguna constelación nueva, sin nombre, para llamarle como tu. 

VII

            Octubre, 2009

Querida, ya ha pasado tiempo de tu partida, al menos unos 15 años desde que te fuiste. Algunas veces logro recordarte pero no te puedo negar que he conocido otras chicas y está más que claro que jamás encontraré alguna como tú. Eres única. Te agradezco por haber sido como fuiste conmigo, por aceptarme como he sido, por haber cuidado de mi y por haber sido tan leal, fiel y honesta. Supongo que algún día nos encontraremos, en la siguiente vida, seguramente me estás esperando en el lugar a dónde pronto partiré, o quizás nos veamos en algún otro sitio. Te agradezco por haberme demostrado el tipo de amor que ahora sé que merezco. Esto será lo último que pueda escribirte, de todas formas tampoco hay un destino a dónde estas cartas puedan llegar, sólo me queda pensar y creer que algún día quizás en tus manos puedan estar. Los doctores dijeron que no me quedaba mucho de vida, quizás algunas semanas. Desde mi desordenado y débil corazón debo decirte que te quiero. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Un viaje sin destino // Relato

Es complejo... // Poesía en prosa

Amélie II // Cuento