Amélie // Cuento
I
Eran apenas las 4 de la tarde, el cielo seguía nublado por inmensas nubes blancas y mansas e inundadas de agua. Piano a piano las nubes se desvanecían, el agua poco a poco caía de ellas como gruesas y frías gotas. Me preguntaba cuánto tiempo tardarían las nubes en desvanecerse, para que así la lluvia desapareciese junto a ellas; cada que una terminaba, aparecía otra y no paraba de llover a cántaros. Los techos vibraban, el suelo emanaba un gran vapor que empañaba los vidrios, y yo me encontraba justo al frente de todo esto.
Hacía apenas unas horas
que había llegado al aeropuerto, iba rumbo a otra ciudad. Desde hace mucho no viajaba, nunca antes me había tomado el tiempo para descansar. El trabajo que tenía era
arduo y prefería estar concentrado en ello, aunque esta vez tomé la decisión de ir a una ciudad fría. Amaba los lugares fríos, así que tomé algo de los ahorros
y quise ir hacía allá: Mérida.
Las nubes no paraban de llorar. Pedía con gran desconsuelo al cielo que cediera, ansiaba viajar, no deseaba mi vuelo suspendido.
Finalmente, las nubes me
escucharon, se apartaron, y terminaron por desahogarse en otro lado. El sol
empezó a brillar, y justo entonces me llamaron para abordar el avión.
Desde que tomé el avión, pasaron los cuarenta-cinco minutos más largos de mi vida, al menos
así se sintió. Los asientos eran formidables y la atención extraordinaria, pero en
cambio tenía a una chica invadida de pánico que no paraba de mencionar la
cantidad de posibilidades de morir, y a mi otro lado una señora que lloraba
sin parar porque su esposo falleció.
Cuando el avión arribó en Mérida, salí lo más rápido que pude, fui por mi equipaje, tomé un taxi y le pedí que me
llevara a la posada más cercana al centro comercial más grande del lugar. Al llegar, pedí la llave, fui a mi habitación, tomé un baño y salí. Tenía
hambre, y lo único que deseaba era: un plato de sushi gigante con
camarones, y por supuesto, mucha salsa.
Al llegar al centro comercial noté que había demasiada gente, más que de costumbre suelo ver en la ciudad donde vivo. Entré y caminé por los alrededores en busca de un buen
restaurante de sushi.
Caminaba y caminaba, y no
encontraba un buen lugar para comer, sólo algunos que no llamaban mi
atención o no terminaban por convencerme… Hasta que finalmente logré encontrar un restorán y parecía ser el indicado. Cumplía totalmente con mis expectativas, buena música, poca gente, personal
amigable, un lugar extremadamente limpio y la comida que servían lucía
exquisita.
Hice el pedido y tomé asiento.
Mientras pensaba en los sucesos de la vida cotidiana, entró ella. -¿Cuánta probabilidad existía de toparme con ella ahí, y en Mérida?- La verdad es que las probabilidades eran escasas, pero no estoy para cuestionar al universo.
Amélie había sido mi
amor. ¿Saben? Ese amor del que todo el mundo habla, del que hablan las
estrellas. Ese amor que aparentemente termina tatuado en tu subconsciente, y todo parece
recordarte a esa persona. Por desgracia en aquel tiempo, cuando estuvimos
juntos, no funcionó del todo, aún así quedamos en excelentes
términos. Quedé destruido y devastado, la quería demasiado, y pensar en no tenerla a mi lado ya era un pensamiento destructor. Ella era
el cubo de azúcar que le hacía falta a mi vida. Aún así, intenté superarla, pero jamás
lo logré, pues al verla recordé la alegría de aquellos días, lo hermosos que lucíamos
tomados de la mano y el cielo aclamar nuestra luminosidad.
II
La llamé luego
de haber pagado, y se sentó junto a mí. Mis manos comenzaron a temblar y mi
cuerpo a sudar, el frío empezó a recorrer cada entraña de mi ser. Estaba
completamente nervioso, puesto que tenía al amor de mi vida ante mis ojos, otra
vez, después de tantos años. Desde entonces había imaginado cómo hubiese sido
lo nuestro si… jamás nos hubiéramos separado, así que sólo deseaba el día en que
nos volviéramos a encontrar.
Amélie me habló de su
vida mientras comíamos, lo que hacía, lo que había logrado. Luego le hablé
un poco de mí, y mientras tanto, noté que compartíamos los momentos del
ayer, en el hoy, como si nunca nada hubiese sucedido, y eso me encantaba, volví
a sentir nuevamente un poco de alegría en mí. Una gran parte de mi murió
aquella vez, y lo único que me mantenía de pie eran estas terribles ganas de volverme a encontrar con ella. La había amado como quien desesperanzadamente pide un
milagro al cielo.
Terminamos de comer, y
antes de salir ella pidió el característico té de durazno que tanto le
encantaba tomar.
Caminamos por los
alrededores del centro comercial, y fuimos por un suéter que quería
comprar. Estaba muriendo de frío, y aunque lo amara, mi
cuerpo no dejaba de ser mortal, y debía cuidarlo. Ella me ayudó a escogerlo, y
mientras eso pasaba yo admiraba su forma tan despampanante de reír; verla reír
era hermoso, es como cuando ese milagro que desesperanzadamente pediste, se
cumple. En ese momento, desde ese momento en el que ella entró por la puerta
del restaurante de sushi, ella se había convertido en mi epifanía, más que aquella vez que entró a mi vida.
Pasamos por una joyería y
ella se enamoró de unos zarcillos que tenían una pequeña esmeralda, pero quería verlos en ella, pues brillaban al son de su ser.
Mientras se los colocaba, y veía como lucían en ella, fui a cancelarlos. Después
de tanto tiempo al menos eso sería lo primero, y lo último que podría obsequiarle, jamás le agradecí por tanto que hizo al estar junto a mi.
Salimos del centro
comercial y paseamos por una plaza, fuimos a un lugar donde vendían unas
gigantescas barquillas, habían miles de sabores en el mostrador y aunque eso
fuese así de cierto, ella pidió los mismos de siempre, fresa y chocolate. Característico
de ella, creo que la perfección jamás deja de ser así, sublime.
Caminamos por la plaza y nos sentamos. Cada cierto tiempo existía ese hermoso
silencio que no es incómodo. Ella, al parecer, trataba de calcar en su memoria cada sonido,
cada imagen, cada fragancia y cada sensación.
III
Al terminar recorrimos
varias calles hasta tomar un taxi, y nos percatamos que estábamos hospedados en la misma
posada, y que justo también estaba de viaje. Al final decidimos no ir, y nos fuimos a un hotel. Caminamos por los alrededores
de los jardines de esta. Cruzamos unas cuantas calles y compramos un par hamburguesas para cenar. Al fondo se veía una gran montaña, y la vista hacia esta misma, me hizo pensar en una gran
historia, que seguramente luego escribiría.
Al subir a la habitación, el cuarto tenía una gran vista a la ciudad, pedimos algo de licor y mientras
esperábamos, comíamos nuestra respectiva hamburguesa con unos tés de durazno que
pedimos, y en ese preciso instante sentía que podía morir en paz, me sentía pleno.
Al parecer Dios me escuchó después de tantas súplicas, rezos, credos, añoranzas
y muchas lágrimas; pedía por ella cada noche y ahora, esta noche ella estaba
conmigo.
Bebimos, nos
emborrachamos y salimos al balcón, contamos las estrellas, hablamos de constelaciones, astrología, del mundo, las casualidades y causalidades, de todo en sí, y de la ciencia; porque si, ella ahora
era una gran científica, y pronto ganaría un premio, se había convertido en una
científica reconocida, y sólo eso le faltaba, porque sublime y perfecta, ya era.
Ella era el cielo encarnado. Le hablé de mis escritos de amor empedernido sin
comentarle nunca que ella era mi protagonista principal.
Y para ser sinceros, el
vino empezó a desbordarse del vaso. El tiempo, a cada segundo, nos llevó a amarnos.
El segundo pasado ya estábamos descalzos, haciendo el amor en el balcón, bajo
las estrellas, la luna, y el universo. Tomaba su mano con fuerza, mientras ella
parecía rezar con fuertes y suaves gritos, deseando aún más y más… Seguimos hacía el
baño, y nos amamos, nos admiramos y nos eternizamos. Salimos y
seguimos en la cama, combatíamos el frío del páramo con un gran acto carnal tántrico
mientras un inmenso halo nos rodeaba.
Luego de habernos
refugiado en el tantrismo universal, mencionó algunas palabras mientras
acariciaba mi barba, me habló de su fetiche jamás cumplido hasta hoy: haber
hecho el amor junto a la persona que había amado y añorado toda su vida en un
balcón con vista completa a su ciudad favorita.
IV
Luego de ella haber conciliado el sueño, me senté a escribir el poema más grande que revolucionó la historia del
arte… Era obvio, ella era la fuente inagotable, y yo tomaba cada gota que se intentaba
desbordar, la veía desde mi perspectiva y juraba que no había nada más real que
ella. Pues ella era más que un cielo encarnado, era el amor, era poesía, era
sol y luna, era vida, lo era todo en un pequeño cuerpo.
- ¿Alguna vez habían
visto el sol iluminar por la noche? ¿Alguna vez habían visto la luna resplandecer
en el día? –
Ella era todo, y era
nada. Era mi sol al amanecer, mi luna al anochecer. Era el café de mis mañanas,
era el augurio eterno que en mis sueños mi alma siempre reflejaba.
Ella era el arte, el arte
que revolucionó la historia…
Amélie...
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